En Bocaccio no existe una sola manera de entrar. Uno puede llegar por el helado, por el café o simplemente por un antojo del momento. Pero, sin importar el punto de partida, la experiencia termina siempre en el mismo lugar: una mesa donde la comida no está lista de antemano, sino que se construye en el momento, en un ambiente de calidez humana que invita a quedarse un poco más.
Por Agus el Elefante para Revista Canal Horeca https://www.instagram.com/agus.el.elefante/
El proyecto nace en 2014 en Yungay, donde la familia detrás de ya acumulaba una historia extensa ligada al mundo del helado artesanal. “Partimos con una heladería en Yungay y hace dos años y medio dimos el paso hacia Chillán como una evolución natural”, cuentan. Ese paso no solo implicó expansión, sino la consolidación de una identidad más amplia, capaz de habitar distintos momentos del día sin perder coherencia.
El nombre Bocaccio proviene de un apellido familiar que, en su identidad visual, se cruza con un juego sutil entre la “boca” y la sonrisa. Comer como gesto, como expresión, como ese comfort food que conecta directamente con el disfrute. Una idea simple, pero transversal: que todo lo que ocurre en la mesa termine, inevitablemente, en placer.
La influencia italiana no es estética ni decorativa. Es estructural. El helado se entiende como un alimento complejo, denso, intenso, de sabor claro, más cercano al gelato tradicional que a una idea liviana de postre. Aquí, el helado no es un complemento: es un alimento del día.
Detrás de esto hay además una tradición familiar de más de 65 años en el rubro heladero en Yungay. Desde ahí se construye una propuesta propia basada en el gelato italiano, donde cada sabor responde a una formulación específica. No hay recetas genéricas: cada helado tiene su carácter, su densidad y su forma de expresarse.
Bocaccio no se limita al helado
Su propuesta se expande hacia una cafetería moderna con una carta amplia y deliberadamente versátil: desayunos, brunch, pastelería, sándwiches, waffles, hamburguesas, ceviches, sushi, risottos, pastas y coctelería. Más que una cafetería tradicional, funciona como un espacio gastronómico donde distintos lenguajes conviven bajo una misma lógica: todo se prepara al momento, todo es fresco.
“Todo se elabora en el instante, no trabajamos con productos recalentados”, explican. Esa decisión define la experiencia completa. Aquí, la espera no es un problema: es parte del resultado de pedir algo hecho especialmente para ti.
Uno de los sellos del lugar es precisamente esa elaboración en tiempo real. Un waffle que se arma en el instante, saliendo de cocina aún con ese vapor de lo recién hecho; un plato salado que se termina frente al pedido; un café que se trabaja como parte de la experiencia y no como simple acompañamiento.
En lo dulce, aparecen preparaciones que cruzan técnica y juego visual. El ratoncito de Ferrero Rocher, con base de crema chantilly, orejas de galleta, detalles de chocolate, una cola de salsa de chocolate y una construcción pensada como pequeña escena comestible. Lo mismo ocurre con el payaso de vainilla y dulce de leche, donde el marshmallow, el chocolate y la presentación transforman el postre en algo que primero se mira, luego se sonríe y finalmente se come.
En lo salado, la experiencia recorre preparaciones como el croissant de salmón y el tartar de atún, ambos con equilibrio entre frescura y precisión. Dentro de esa misma carta, las hamburguesas aparecen como uno de los pilares más sólidos: generosas, bien estructuradas y coherentes dentro de una propuesta que no se limita a lo dulce ni a lo liviano.
Una experiencia que se construye en capas
Mi recorrido fue más intuitivo que planificado. Un capuccino bien ejecutado, con arte latte precioso, y sí, por segunda vez un retrato mío aparece en la taza, abrió la experiencia desde el café. Luego, un espresso martini que se instala fácilmente como uno de esos tragos que dejan recuerdo.
Trabajan con un grano de origen, tostado en Italia, coherente con la línea que sostienen en toda su propuesta.
En este lugar, el público cambia con las horas, pero la dinámica se mantiene. En la mañana predominan desayunos, reuniones y trabajo en formato flexible. En la tarde, el espacio se transforma en un punto de encuentro familiar, donde distintas generaciones comparten mesa sin prisa. Una carta amplia que busca algo claro: que todos encuentren un lugar en la misma mesa.
El uso de ingredientes locales también forma parte de la identidad del proyecto. Bocaccio trabaja con berries de Ñuble, muchos de ellos de exportación, además de productos nacionales y de cercanía que refuerzan una cocina conectada con su territorio y su economía circular.
No todas las preparaciones permanecen. El ceviche, por ejemplo, formó parte de la carta. Tenía buena ejecución técnica, pero no logró consolidarse dentro del formato cafetería para el público local, por lo que fue retirado. La cocina también aprende a leer su contexto: algunos platos llegan, otros se van, y todos construyen lo que hoy es Bocaccio.
Al final, Bocaccio no se define por un plato ni por una categoría en específico. Se define por la forma en que todo ocurre al mismo tiempo: el helado con memoria artesanal, el café trabajado con cuidado, la cocina que se arma en el momento y los postres que parecen pequeñas escenas diseñadas para ser recordadas.
Y lo que queda después de la visita no es solo lo que se comió, sino la sensación de haber estado en un lugar donde cada preparación se construye en el instante, con precisión, calidez y oficio. Un espacio donde la experiencia no se sirve lista: se vive.
Julio 2026








