Hay historias que no nacen en una bodega, sino mucho antes, bajo nuestros pies. La de Gonzalo Santibáñez comienza en la geología, entre capas de roca, perfiles de suelo y preguntas que buscan entender cómo se construye un paisaje.
Por Maximiliano Garrido Díaz
Sommelier de Cerveza Doemens
Mientras estudiaba su tesis, fueron amigos del valle de Colchagua quienes lo acercaron por primera vez a los estudios de suelo aplicados al vino. La idea lo atrapó de inmediato.
Ese primer impulso lo llevó a colaborar con Casa Silva, realizando mapeos de suelo, análisis de rendimientos y lecturas territoriales que empezaron a abrirle una puerta inesperada: la del mundo vitivinícola visto desde su base más profunda. Pronto otras viñas comenzaron a llamarlo y, con cada nuevo proyecto, la relación entre suelo y vino se volvía más intensa, más evidente, más apasionante.
En 2019 decidió dar un paso más y llevar ese conocimiento al terreno práctico. Comenzó a hacer vendimias, experiencia que lo llevó primero a California, donde trabajó durante cuatro meses en una viña, y luego al valle del Itata, en un voluntariado que marcaría su primer vínculo directo con ese territorio. Antes y durante la pandemia sumó experiencias en Mendoza, Argentina, ampliando su mirada sobre estilos, climas y decisiones enológicas.
De regreso en Chile, continuó desarrollando estudios de suelo junto a Carter Mollenhauer y luego recorriendo viñedos desde el norte al sur del país y explorando nuevas formas de hacer vino. Paralelamente, su trabajo comenzó a expandirse internacionalmente, con proyectos en Islas Canarias, Brasil, con la nueva denominación Altos de Amparo, España e Italia. Hoy, en Chile, concentra gran parte de su energía en pequeños productores del secano interior, especialmente en Itata, Maule y sectores del valle central.
En 2022 nace Rupestre, su proyecto de vinos propios. Aquí Gonzalo pone en juego todo lo aprendido: observa el terreno, estudia el suelo, entiende cómo funciona y selecciona uvas que expresen esa identidad. Negocia directamente con el productor y el vino aparece como resultado de una búsqueda honesta del terroir. Granito, caliza o depósitos aluviales no son conceptos técnicos, son personalidades líquidas.
Una de sus analogías favoritas proviene de su segunda pasión, la música. El clima es el tempo, la parra es el instrumento y el suelo, la partitura. El hacedor de vinos lee esa partitura y decide cómo interpretarla, orquestando variedades, ritmos y tiempos según lo que el territorio propone.
Rupestre presenta hoy Syrah y Cinsault ,este último buscando uvas de distintos lugares con similitudes geológicas, y prepara un Torontel y un ensamblaje de Cariñan con Garnacha. A esto se suma Pura Roca, proyecto colaborativo junto al viñatero Miguel Molina en el sector de Leoneras, en Itata, con dos etiquetas que interpretan fielmente su origen.
Con producciones que van de 700 a 3.000 botellas, estos vinos se mueven a escala humana, con distribución selectiva en España y en Chile en puntos específicos del Maule, Itata y Santiago.
Más que vinos boutique, son relatos embotellados donde el suelo deja de ser soporte y se transforma en voz, sabor y aromas que cautivan.





